miércoles, 27 de junio de 2007

¡La cosa se pone en marcha~!

¡Por fin, el segundo capítulo! ¡Yuju~!

Me ha llevado dos tardes enteras, pero ahora que estoy de vacaciones podréis leer un capítulo por semana... o, a veces, puede que cada cinco días. Depende de la longitud del capítulo en cuestión, y de la pereza que me invada en ese momento.

Muchas gracias por todos los comentarios. Son lo que hace que me den ganas de levantarme del sillón, y... esto... volver a sentarme, y traducir.

Ah, otra cosa: haced toda la publicidad que podáis. Estoy haciendo esto para los miles de fans que quieren leer el libro pero no pueden encontrarlo, y también para los cuatro gatos... quiero decir, para los... um... numerosos dueños del libro publicado: otra traducción, de (ejem) inferior calidad, que por reveses del destino fue publicada. De modo que aseguraos de que otros posibles lectores la lean. Cuanta más gente entre en esta página, antes aparecerá cuando alguien busque una traducción de Howl's Moving Castle en Google, y así más gente la visitará, y entraremos en un círculo vicioso del que sólo los olifantes ardientes podrán sacarnos cuando invadan la Tierra (um... no, no hagáis preguntas).


NOTA: Se me había olvidado decir algo. Séfora, en los comentarios, me preguntó si haría algo así con el séptimo libro de Harry Potter, cuyo título es Harry Potter and the Deathly Hallows(Harry Potter y las reliquias mortales). Y he pensado en traducir un par de capítulos. Recordáis que, en El misterio del príncipe, había dos capítulos, uno sobre el ministro y otro sobre Snape, antes de que la acción se centrara en Harry? Bueno, pues traduciré un capítulo o dos, es decir: si hay alguno de “introducción”, lo traduciré, y traduciré el primer capítulo sobre Harry. Si no hay ningun capítulo introductorio, traduciré los dos primeros. Pero algo traduciré. Recordad que el libro en inglés saldrá el día 21 del próximo mes, Julio. Faltan 30 días. Vamos, que en unos cuarenta podréis leer el primer capítulo. Intentaré compaginar la traducción de Las reliquias mortales con la de El castillo ambulante. Si tenéis algún comentario, sugerencia, o queja que hacer, decidlo en los comentarios o en mi dirección de correo electrónico: kalimotxoconpatatas@yahoo.es

Gracias.


Pero bueno, ahora: ¡SEGUNDO CAPÍTULO!







CAPÍTULO 2,

en el que Sofía se ve forzada a
salir a buscar fortuna
—¿QUÉ?

Sofía miraba a la chica que estaba sentada en el taburete, frente a ella. Era igual que Letty. Llevaba puesto su segundo mejor vestido azul, de un color intenso que le quedaba de maravilla. Tenía el pelo oscuro de Letty, y sus ojos azules.

—Que soy Marta –dijo su hermana–. ¿A quién atrapaste una vez haciendo pedazos las bragas de Letty? Yo, desde luego, no se lo dije. ¿Lo hiciste tú?

—No –musitó Sofía, bastante perpleja. Ahora se notaba que era Marta. Tenía esa forma peculiar de ladear la cabeza, como Marta, y también ponía los brazos alrededor de sus piernas mientras jugueteaba con sus pulgares, igual que Marta.

—Pero, ¿por qué?

—Me asustaba mucho que vinieras a verme –dijo Marta–, porque sabía que tendría que decírtelo. Es un alivio haberlo hecho ya. Prométeme que no se lo contarás a nadie. Sé que no lo harás si lo prometes. Eres tan honorable…

—Lo prometo –contestó Sofía–. ¿Pero por qué? ¿Y cómo?

—Letty y yo lo decidimos –dijo Marta, jugando con sus pulgares–, porque Letty quería aprender a hacer magia, y yo no. Letty tiene cerebro, y quiere un futuro en el que pueda usarlo. ¡Pero sólo intenta decir eso a Mamá! ¡Está demasiado celosa de Letty como para admitir siquiera que tiene cerebro!

Sofía no podía creer que Fanny fuese así, pero lo dejó pasar.

—Pero… ¿Y tú…?

—Cómete la tarta. Está buenísima –dijo Marta–. Verás, yo también puedo ser inteligente. Encontrar el hechizo que estamos usando sólo me llevó dos semanas en casa de la señora Fairfax. Me despertaba por las noches, y leía sus libros en secreto… y fue bastante fácil, la verdad. Entonces pedí a la señora Fairfax permiso para visitar a mi familia, y dijo que sí. Es un encanto, pensó que sentía nostalgia. Así que tomé el hechizo y vine aquí, y Letty se fue pretendiendo ser yo. Lo difícil fue la primera semana, cuando no sabía todas las cosas que se suponía que sabía. Fue espantoso. Pero descubrí que gusto a la gente (lo hacen, la verdad, siempre que a ti te gusten), y entonces todo fue sobre ruedas. Y la señora Fairfax no ha expulsado a Letty, ¡así que supongo que se las ha arreglado también!

Sofía siguió masticando aquella tarta, que en realidad no estaba saboreando.

—Pero, ¿por qué quisiste hacer esto?

Marta se balanceó en su taburete, sonriendo todo lo que la boca de Letty le permitía.

—¡Quiero casarme y tener diez hijos!

—¡No tienes la edad suficiente!

—No, aún no –asintió Marta–. Pero ya ves, ¡tengo que empezar lo antes posible si quiero poder mantener diez niños! Y así tengo más tiempo para esperar a ver si gusto a la persona que quiero por ser yo misma. El hechizo se desvanecerá con el tiempo, y cada vez me pareceré más a mí yo original.

Sofía estaba tan asombrada que se terminó la tarta sin siquiera percatarse de qué clase era.

—¿Y por qué diez hijos?

—¡Porque quiero diez! –contestó Marta.

—¡No tenía ni idea!

—Bueno, no parecía conveniente decírtelo cuando estabas tan ocupada apoyando a Mamá sobre lo de ir a buscar fortuna –dijo Marta–. Pensabas que Mamá realmente me quería apoyar. Hasta que Papá murió y vi que sólo intentaba librarse de nosotras, enviando a Letty a algún lugar donde se case y haciendo que yo me fuera lo más lejos posible. Estaba tan enfadada que pensé «¿Por qué no?». Y hablé con Letty, y también estaba furiosa, y lo arreglamos todo. Pero nos sentimos mal por ti. Eres demasiado agradable e inteligente como para estar atascada en esa sombrerería para el resto de tu vida. Hablamos sobre ello también, pero no sabíamos que hacer…

—¡Estoy bien! –protestó Sofía–. Sólo un poco aburrida.

—¿Bien? –exclamó Marta–. ¡Bonita forma de demostrar que estás bien, no viniendo a visitarme en meses, y apareciendo entonces en un espantoso vestido gris, comportándote como si incluso yo te asustara! ¡¿Pero qué te ha hecho Mamá?!

—Nada… --dijo Sofía con incomodidad–. Hemos estado muy ocupadas. No deberías hablar sobre Fanny de esa manera, Marta. A fin de cuentas, es tu madre.

—Sí, y me parezco a ella lo suficiente como para entenderla –replicó Marta–. Por eso intentó enviarme tan lejos… o al menos lo intentó. Mamá sabe que no hace falta ser desagradable con alguien para explotarlo. Ella sabe que eres tan laboriosa. Sabe que tienes ese complejo de ser un fracaso sólo por ser la mayor. Te ha manejado perfectamente, y ahora estás trabajando como una negra para ella. Seguro que no te paga.

—¡Aún soy una aprendiza! –protestó Sofía.

—Y yo, pero tengo un sueldo. Los Cesari saben que lo valgo –dijo Marta–. ¡Esa sombrerería está ganando una fortuna estos días, y todo es gracias a ti! Tú hiciste ese sombrero verde que hace que la mujer del alcalde parezca una colegiala, ¿a que sí?

—Verde oruga… sí, yo lo adorné –musitó Sofía.

—¡Y el bonete que llevaba Jane Farrier cuando conoció a aquel noble! –continuó Marta–. ¡Eres genial con la ropa, y Mamá lo sabe! Tu destino se selló cuando hiciste aquel vestido para Letty el último Primero de Mayo. Ahora tú trabajas en esa tienda mientras Fanny se va de juerga por ahí…

—¡Sólo está haciendo la compra! –la interrumpió Sofía.

—¡La compra! –gritó Marta. Sus pulgares giraban–. Eso le cuesta media mañana. La he visto, Sofía, y he oído los cotilleos. Va por ahí en un carruaje alquilado y llevando ropa nueva, que paga con tus ingresos, haciendo visitas por todas las mansiones del valle. Dicen que va a comprar esa enorme mansión en Plegado Bajo y establecerse allí. Todo muy bonito. ¿Y dónde entras tú?

—Bueno, Fanny tiene derecho a algo así, después de todo lo que ha trabajado por nosotras –dijo Sofía–. Supongo que heredaré la sombrerería.

—¡Menudo porvenir! –exclamó Marta–. Oye…

Pero, en aquel momento, un aprendiz tiró de dos de los estantes de las paredes desde el otro lado y asomó la cabeza.

—Me pareció oír tu voz –dijo, sonriendo amistosamente–. La última tanda ya está lista. ¡Díselo!

Su cabeza, rizada y llena de harina, desapareció entre las cajas. Sofía pensó que tenía un aspecto muy agradable. Pensó preguntar a Marta si él era el que le gustaba, pero no pudo. Marta se levantó rápidamente, mientras seguía hablando.

—Tengo que decir a las chicas que lleven esto hasta la tienda –dijo–. Ayúdame con ésta de aquí.

Agarró el montón de cajas más cercano, y Sofía la ayudó a llevarlo a través de la puerta, hasta la tienda que bullía de actividad.

—Tienes que hacer algo por ti, Sofía –jadeó Marta mientras acarreaban las cajas–. Letty no paraba de decir que no sabía lo que pasaría cuando no estuviéramos cerca para darte algo de autoestima. Tenía razón al preocuparse.

En la tienda, la señora Cesari agarró las cajas con sus enormes brazos, gritando instrucciones, y un montón de trabajadores pasó corriendo cerca de Marta para ocuparse de ellas. Sofía gritó «¡Adiós!», y desapareció entre la multitud. No quería distraer a Marta durante más tiempo. Además, quería estar sola para pensar. Corrió hacia su casa.
Ahora se veían fuegos artificiales en el campo cerca del río, donde se encontraba la feria, que competían con las llamaradas azules del castillo de Howl. Sofía se sintió, más que nunca, como una inválida.
Pensó y pensó durante toda la semana siguiente, pero el resultado fue que se sintió confusa y descontenta. Las cosas no parecían ser como ella había pensado. Estaba asombrada después de lo de Letty y Marta. Las había malinterpretado durante años. Aunque no creía que Fanny fuese el tipo de mujer que Marta decía.
Tuvo mucho tiempo para pensar, porque Bessy dejó la tienda para casarse, y Sofía estaba sola en la tienda casi todo el tiempo. La verdad es que Fanny estaba casi siempre fuera, de juerga o no, y no había muchos clientes que atender.
Al cabe de tres días, Sofía reunió todo el valor que pudo y preguntó a Fanny:

—Oye, ¿no debería cobrar un sueldo?

—¡Por supuesto, cariño! ¡Con todo lo que trabajas! –dijo Fanny cariñosamente, probándose un sombrero adornado con rosas delante del espejo de la tienda–. Hablaremos sobre ello en cuanto haya hecho las cuentas esta tarde…

Entonces salió, y no volvió hasta mucho después de que Sofía hubiera cerrado la sombrerería y se hubiera llevado algunos sombreros a casa para terminarlos.
Al principio, Sofía se sintió culpable por haber estado a punto de creer a Marta. Pero cuando Fanny no mencionó un sueldo, ni aquella tarde ni en toda la semana, Sofía comenzó a pensar que, después de todo, quizá Marta tenía razón.

—Quizá estoy siendo utilizada –comentó a un sombrero que estaba llenando de seda roja y de cerezas de goma–, pero alguien tiene que hacer esto, o no habrá ningún sombrero que vender…

Terminó aquel sombrero y comenzó a trabajar en un sombrero austero, blanco y negro, muy elegante, y un nuevo pensamiento surgió en su cabeza.

—¿Importa acaso que no haya sombreros que vender? –preguntó al sombrero elegante.

Miró alrededor, al montón de sombreros que esperaban ser adornados.

—¿Para qué me servís, eh? –les preguntó–. A mí, desde luego, para nada.

Y estuvo a punto de dejar la casa y salir a buscar fortuna, pero recordó que era la mayor, y que eso era imposible. Suspiró, y siguió con el sombrero.
La mañana siguiente, en la tienda, aún se sentía sola y descontenta. Entonces entró una mujer joven, con una cara bastante vulgar, sosteniendo un bonete de color champiñón por las cintas.

—¡Mira esto! –gritó–. ¡Me dijiste que éste como el bonete que Jane Farrier llevaba cuando conoció al conde. Y mentiste. ¡No me ha pasado nada!

—¡Pues no me extraña! –dijo Sofía, sin pararse a pensar lo que estaba diciendo–. ¡Si eres tan tonta como para llevar ese bonete con semejante cara, es que no serías lo suficientemente lista como para reconocer al mismísimo rey si te pidiera casarte con él! Aunque, claro, seguramente se habría convertido en piedra nada más verte.

La mujer la miró durante unos instantes con furia. Después, lanzó el bonete a Sofía y salió de la tienda como un huracán. Sofía lanzó el maltrecho bonete a la papelera. La regla era: ‘pierde el control, pierde al cliente’. Acababa de probarla. Se sintió culpable al pensar descubrir que había sido bastante divertido.
No tuvo tiempo para recuperarse. Oyó un ruido de ruedas y relinchos, y un carruaje tapó la ventana, oscureciendo la tienda. La campana de la tienda sonó, y entró la clienta más imponente que Sofía había visto hasta la fecha. Llevaba un lánguido abrigo negro, y relucientes diamantes parpadeando en su vestido negro. Pero los ojos de Sofía fueron directamente al sombrero que llevaba. Pluma de avestruz, teñida para reflejar los destellos de los diamantes pero seguir pareciendo negro. Era un sombrero caro. La cara de la mujer era hermosa hasta el último detalle. Su pelo castaño la hacía parecer muy joven, pero… Sofía se fijó en el hombre que había acompañado a la señora dentro de la tienda; un hombre con una cara algo informe, pelirrojo, que vestía ropas elegantes, pero estaba pálido y parecía algo conmocionado. Se quedó mirando a Sofía con una ligera expresión de horror. Era bastante más joven que la mujer. Sofía estaba muy sorprendida.

—¿Señora Hatter? –preguntó la mujer, con un tono musical pero autoritario.

—S-sí –dijo Sofía.

El hombre parecía sentirse peor. Sofía se preguntó si la mujer era su madre.

—He oído que aquí venden los sombreros más divinos –dijo la mujer–. Enséñemelos.

Sofía no contestó. Simplemente le enseñó sombreros. Ninguno era lo suficientemente bueno para alguien como aquella señora, pero podía sentir los ojos del hombre seguirla, y eso hacía que se sintiera incómoda. Cuanto antes descubriera la mujer que los sombreros no eran lo suficientemente buenos, antes se iría la extraña pareja.
La mujer comenzó a desechar sombreros instantáneamente.

—Hoyuelos –dijo al ver los bonetes rosas.

—Juventud –comentó al ver el gorro de color verde oruga.

—Atractivo misterioso –dijo sobre el de los velos brillantes–. Qué obvio. ¿Qué más tienes?

Sofía le enseñó el sombrero blanco y negro, que era el único en el que la mujer podía estar remotamente interesada.
La mujer lo miró con superioridad.

—Éste no sirve para nada. Está malgastando mi tiempo, señora Hatter.

—Sólo porque entrasteis a ver sombreros –dijo Sofía–. Ésta es sólo una tienda pequeña en un pueblo pequeño, señora. ¿Por qué… –vio que el hombre ahogaba una exclamación e intentaba prevenirla–… os habéis molestado en venir?

—Siempre me molesta que alguien intente oponerse a la voluntad de la Bruja del Páramo –dijo la mujer con voz gélida–. He oído hablar sobre usted, señora Hatter, y no me gusta su actitud ni su competencia. He venido para detenerla. Ahí va eso –sacudió la mano hacia Sofía.

—¡¿Queréis decir que sois la Bruja del Páramo?! –dijo Sofía con voz trémula. El miedo y la sorpresa habían hecho que su voz sonara extraña.

—La misma –dijo la mujer–. Y espero que esto le enseñe a no entrometerse en las cosas que me incumben.

—¡No creo que lo haya hecho! –graznó Sofía.

El hombre la estaba mirando con pánico, aunque ella no entendía por qué.

—¡Tiene que haber algún error! ¡Os habéis confundido!

—No hay ningún error, señora Hatter –dijo la Bruja–. Vamos, Gastón.

Se dio la vuelta, y caminó hasta la puerta. Mientras el hombre la abría para ella con una reverencia, la Bruja se giró y miró a Sofía:

—Por cierto, señora Hatter, no podrá decir a nadie que está bajo un hechizo.

Al cerrarse la puerta, la campanilla que pendía del marco tañó como las campanas de la iglesia en un funeral.
Sofía se llevó las manos a la cara, preguntándose por qué el hombre no había dejado de mirarla. Palpó unas suaves arrugas. Miró sus manos. También estaban llenas de arrugas, y eran huesudas, con grandes venas en el dorso y nudillos que parecían picaportes. Se subió un poco la falda gris y contempló sus delgados y decrépitos tobillos, que abultaban sus zapatos. Eran las piernas de una persona de noventa años, y parecían reales.
Sofía caminó hacia el espejo, y se dio cuenta de que cojeaba un poco. La cara que vio en el espejo estaba en calma, porque era justo lo que esperaba ver. Era la cara de una enjuta anciana, marchita y curtida, rodeada de ralos cabellos blancos. Sus ojos, amarillentos y húmedos, la miraban con una expresión más bien trágica.

—No te preocupes, antigualla –dijo Sofía a la cara–. Pareces bastante sana. Y, además, esto se parece más a como eres de verdad…

Consideró la situación con bastante calma. Todo parecía haberse vuelto lejano y tranquilo. Ni siquiera estaba particularmente enfadada con la Bruja del Páramo.

—Bueno, está claro que tendré que vérmelas con ella cuando tenga ocasión… –se dijo–. Pero, mientras tanto, si Letty y Marta pueden soportar haberse intercambiado, yo puedo aguantar ser así. Aunque no puedo quedarme aquí. A Fanny le daría un patatús. Vamos a ver… este vestido gris me queda bastante bien, pero también necesitaré mi chal, y algo de comida…

Renqueó hasta la puerta de la tienda, y colocó el cartel de CERRADO. Sus articulaciones crujían cuando se movía. Tenía que caminar agachada, y lentamente. Pero se alegró al descubrir que era una anciana en muy buena forma. No se sentía enferma, ni débil: sólo algo rígida y agarrotada. Se agachó para recoger su chal, y lo puso sobre su cabeza y brazos, como todas las ancianas hacían. Entonces, se arrastró dentro de la casa, donde metió en su bolso unas pocas monedas y una hogaza de pan, y queso. Salió de la casa, escondiendo la llave en el sitio de siempre, y continuó renqueando calle abajo, algo sorprendida por su propia calma.
Se preguntó si debía despedirse de Marta. Pero luego pensó que no le gustaba la idea de que Marta no pudiera reconocerla. Sería mejor irse, sin más. Pensó que escribiría a sus hermanas cuando llegara a dondequiera que fuese, y siguió caminando a través del campo en el que había estado la feria, por encima del puente, y por los campos que había tras él. Era una cálida tarde de primavera. Sofía descubrió que ser vieja no le impedía disfrutar de la vista y el olor de los setos en mayo, aunque los veía algo borrosos. Su espalda comenzó a doler. Caminaba con pasos firmes, pero un bastón no le habría venido mal. Miró en los setos mientras caminaba, buscando alguna clase de palo que pudiera utilizar.
Desde luego, su vista ya no era tan buena. Una vez le pareció ver un palo, a cosa de una milla o dos, pero cuando se acercó resultó ser la base de un viejo espantapájaros que alguien había tirado en la cuneta. Sofía lo levantó, y lo puso de pie. Tenía un nabo marchito por cabeza. Le dio un poco de pena. En lugar de desmontarlo y quedarse con el palo, lo clavó entre dos arbustos; y allí se quedó, ladeado, cerniéndose sobre el seto, con sus raídas mangas ondeando al viento.

—Así –dijo Sofía, y su ronca voz de anciana la sorprendió y la hizo soltar una ronca carcajada–. Ninguno de nosotros está en muy buen estado, ¿verdad? Quizás, si te dejo aquí, la gente te verá y alguien te devolverá a tu campo.

Rió un poquito mientras seguía caminando. Quizá estaba algo loca, pero las ancianas lo estaban a menudo.
Encontró un palo una hora después, cuando se sentó para comer su pan con queso. Se oían ruidos en los arbustos que había tras ella: pequeños graznidos ahogados, seguidos de estertores que hacían salir volando pétalos del seto. Sofía se agachó y, apoyada en sus huesudas rodillas, pasó por encima de hojas y flores, y entró en el seto. Allí encontró un pequeño perro gris. Estaba atrapado por un palo que se había, de alguna manera, enganchado en una cuerda que el perro llevaba atada alrededor del cuello. El palo se había atascado entre dos ramas, de modo que el perro apenas podía moverse. Miró a Sofía con ojos desorbitados.
Sofía, como muchas chicas, temía a los perros. Incluso como vieja, la alarmaban las dos filas de dientes blancos que había en las abiertas mandíbulas del animal. Pero se dijo: «En este estado en el que estoy, tampoco hay mucho por lo que preocuparme», y buscó en su bolsillo las tijeras que utilizaba cuando cosía. Comenzó a cortar la cuerda que envolvía el cuello del perro.
El perro estaba muy furioso. Retrocedió y gruñó. Pero Sofía siguió cortando con audacia.

—Te asfixiarás o morirás de hambre –dijo al perro con su voz ronca– si no dejas que te saque de aquí. De hecho, parece que alguien ya ha intentado estrangularte. Quizá por eso estás tan enfadado.

La soga había sido atada con mucha fuerza alrededor del cuello del perro, y se había liado en el palo con igual firmeza. Tuvo que seguir serrándola con las tijeras durante bastante tiempo hasta que se partió y el perro pudo alejarse del palo.

—¿Quieres algo de pan con queso? –preguntó Sofía. Pero el perro simplemente gruñó, salió del seto arrastrándose, y se escabulló.

—Eso es lo que yo llamo gratitud –dijo Sofía, frotando sus magullados brazos–. Pero bueno; a pesar de eso, me has dejado algo.

Se agachó y cogió el palo en el que se había enganchado el perro, y se dio cuenta de que en realidad era un bastón, finamente adornado y con una punta de metal. Sofía terminó su pan y su queso, y siguió caminando. El camino se volvió cada vez más empinado, y el bastón le fue de gran ayuda. También era algo con lo que poder hablar. Sofía continuó, decidida, hablando con su bastón. A fin de cuentas, muchos ancianos hablan consigo mismos.

—Ya van dos encuentros –dijo–, y nada de gratitud de parte de ninguno. Aunque eres un buen bastón. No me quejo. Pero seguro que tendré un tercer encuentro. De hecho, exijo uno. Me pregunto quién será.

El tercer encuentro lo tuvo hacia el final de la tarde, cuando Sofía ya había subido por gran parte de las colinas. Un hombre bajaba por la cuesta hacia ella. «Un pastor», pensó Sofía. Era un hombre de unos cuarenta años o así. «Hay que ver» pensó Sofía, «esta mañana lo habría visto como un viejo. ¡Hay que ver como cambia el punto de vista de una!».
Cuando el pastor la vio murmurando, se movió cuidadosamente hacia el lado opuesto del camino, y dijo:

—¡Buenas tardes, abuela! ¿A dónde va?

—¿Abuela? Que yo sepa, no soy tu abuela, joven.

—Es una manera de hablar –dijo el pastor, aplastándose contra el lado opuesto–. Sólo estaba siendo amable, porque la veo caminar por las colinas tan tarde… No llegará hasta Plegado Alto antes del anochecer, ¿no?

Sofía no lo había considerado. Se detuvo en medio del camino, y recapacitó.

—Bueno, en realidad no importa demasiado… –dijo, más bien para sí misma–. No puedes ser quisquilloso cuando has salido a buscar fortuna.

—Ah, ¿no, abuela? –dijo el pastor.

Había caminado por el borde del camino y ya había pasado a Sofía. Parecía sentirse mejor.

—¡Entonces le deseo suerte, siempre que esa fortuna no tenga nada que ver con carne humana!

Y se alejó deprisa, dando grandes zancadas; no llegaba a correr, pero casi. Sofía lo siguió con la mirada, indignada.

—¡Ha pensado que yo era una bruja! –dijo a su palo.

Pensó en asustar al pastor gritándole cosas raras, pero luego pensó que no habría sido muy amable. Siguió trepando cuesta arriba, murmurando. Pronto, los setos dieron paso a cunetas desiertas, y la tierra que había más allá se convirtió en una meseta cubierta de brezo, y detrás no había más que tierra empinada, cubierta de ondeante hierba amarilla. Sofía continuó, inexorable. Sus viejos tobillos dolían, y su espalda, y sus rodillas. Estaba demasiado cansada como para seguir hablando con su bastón, y simplemente caminó, jadeante, hasta que el sol tocó las montañas. Y entonces, quedó claro que no podía dar ni un paso más.
Se dejó caer sobre una roca en la cuneta, preguntándose que iba a hacer. «¡La única clase de fortuna que realmente deseo ahora es una silla cómoda!», exclamó.
La roca era una especie de promontorio que ofreció a Sofía una magnífica vista del camino que había recorrido. Podía ver casi todo el valle extendiéndose bajo el sol poniente, los campos y paredes y setos, y el sinuoso río, y las elegantes mansiones de la gente rica, que surgían de entre los árboles, bajo las montañas azules que se veían, pequeñas, en la distancia. Justo debajo de ella, al fondo del barranco, estaba Mercado Desportillado. Sofía bajó la vista hacia todas aquellas calles conocidas. Allí estaba la Plaza del Mercado, y Cesari’s. Podría haber tirado una piedra y habría caído en la chimenea de la casa vecina a la sombrerería.

—¡Que cerca está! –dijo Sofía, desanimada–. ¡Toda esta caminata sólo para terminar encima de mi propio tejado!

La roca se volvió cada vez más fría mientras se ponía el sol. Un viento cortante y desagradable soplaba hacia Sofía, sin importar hacia qué lado mirase. Ahora sí le parecía preocupante quedarse en las colinas durante la noche. Se dio cuenta de que cada vez le venía más a la cabeza el la imagen de una butaca junto al fuego, así como pensamientos sobre la oscuridad y sobre animales salvajes. Pero si iniciaba el regreso a Mercado Desportillado, ya sería medianoche para cuando llegase. De modo que también podía, simplemente, continuar. Suspiró y se puso en pie con un crujido. Todo le dolía. Era horroroso.

—¡Nunca me había dado cuenta… de lo que tienen que soportar… las personas mayores! –jadeó, mientras continuaba su ascensión–. Aunque… creo que ningún lobo… intentará comerme. Mi carne es… demasiado… dura y seca. Eso… es un alivio.

La noche comenzó pronto, y la tierra parecía azul y negra. El viento era aún más cortante. Los jadeos de Sofía y los crujidos de sus miembros sonaban tan fuertes en sus oídos que tardó un ratito en darse cuenta de que una parte de los chirridos y bufidos no venían de ella. Alzó la vista.
El castillo del mago Howl se contoneaba, entre temblores, hacia ella. Humo oscuro salía de sus negras almenas. Era tan alto y delgado, y parecía tan pesado y feo y tenía un aspecto tan siniestro… Sofía se apoyó en su bastón, y se quedó contemplándolo. No estaba muy asustada. Se preguntó cómo se movía. Pero lo que más ocupaba su mente era que todo aquel humo debía de venir de un fuego muy, muy grande, que se encontraba tras aquellas paredes.

—Bueno, ¿por qué no? –dijo a su bastón–. No creo que el mago Howl quiera mi alma para su colección. Sólo rapta chicas jóvenes.

Alzó el bastón y lo agitó imperiosamente.

—¡DETENTE! –gritó.

El castillo, obediente, chirrió y se detuvo a unos cincuenta pies de ella. Sofía, agradecida, renqueó hacia él.

viernes, 4 de mayo de 2007

De qué va esto.

Hola, queridos lectores.
Empecemos.
Probablemente habéis visto la película El Castillo Ambulante, del famoso director Hayao Miyazaki (El Viaje de Chihiro, Nausicaä del Valle del Viento, Mi Vecino Totoro, Laputa: Castillo en el Cielo...).
Probablemente habéis averiguado que está basada en una novela de la escritora estadounidense Diana Wynne Jones (escribió la saga Los Mundos de Chrestomanci, La Conspiración de Merlín, y otros treinta libros o más). Dicha novela se llamaba Howl's Moving Castle, literalmente ‘El Castillo Móvil de Howl’.
Probablemente habéis averiguado también que dicha novela fue traducida al castellano por la editorial SM en su colección El Navegante, bajo el título El Castillo Viajero.

Y, como muchos otros fans, también habéis averiguado que dicha edición está actualmente descatalogada, y que el libro es prácticamente imposible de conseguir. Ni siquiera en sitios como E-Bay.

Y vengo yo a salvaros el día. Pienso traducir al castellano no sólo Howl's Moving Castle (a la que daré, a causa de la película, el nombre de El Castillo Ambulante) sino también Castle in the Air, ‘Castillo en el Aire’, la segunda parte, sobre la que muchos ni siquiera habéis oído hablar y (ésta sí que no) nunca antes ha sido traducida al español (no, no tiene nada que ver con la película de Miyazaki Laputa: Castillo en el Cielo).
Ambos libros son unas novelas excelentes y desbordantes de humor.

Empezaré en serio en las vacaciones de verano, pero el primer capítulo ya está listo. Os lo dejo como ejemplo de lo que se avecina.

Sólo tenéis que bajar un poco más. Lamento no poder ponerlo con la letra Arial Narrow, que es la que más le pega.






EL CASTILLO AMBULANTE,
por Diana Wynne Jones.





CAPÍTULO 1,

en el que Sofía habla con sombreros



EN LA TIERRA DE INGARIA, en la que cosas como las botas de siete leguas o las capas invisibles realmente existen, es bastante desafortunado ser el mayor de tres hermanos. Todos saben que eres el que fracasará primero –y de peor manera– en caso de que los tres tengáis que salir a buscar fortuna.
Sofía Hatter era la mayor de tres hermanas. Ni siquiera era la hija de un pobre leñador, porque en tal caso habría tenido alguna posibilidad de salir adelante. Sus padres eran los dueños de una sombrerería para señoras en un próspero pueblo llamado Mercado Desportillado. Bueno, en realidad la madre de Sofía había muerto cuando ésta tenía dos años y su hermana Letty sólo uno, y entonces su padre se casó con su ayudante más joven, una hermosa muchacha de pelo rubio llamada Fanny. Fanny pronto dio a luz a la tercera hermana, Marta. Esto podría haber transformado a Sofía y Letty en las típicas Hermanastras Feas, pero las tres chicas crecieron siendo cada vez más bonitas, aunque todos decían que Letty era la más guapa. Fanny trataba a las tres hermanas con la misma amabilidad, y no daba un trato especial a Marta en absoluto.
El señor Hatter estaba muy orgulloso de sus tres hijas, y las envió a la mejor escuela del pueblo. Sofía era la más estudiosa. Leía muchísimo, y pronto se dio cuenta de las pocas posibilidades que tenía de tener un futuro interesante. Fue una gran decepción para ella, pero siguió siendo feliz, cuidando de sus hermanas y preparando a Marta para que pudiera encontrar su fortuna cuando el tiempo llegara. Ya que Fanny estaba siempre muy atareada con la tienda, Sofía era la que tenía que vigilarlas. Había muchas peleas y pataletas entre las dos niñas. Letty no estaba resignada en absoluto a ser, después de Sofía, la que tendría menos éxito.

—¡No es justo! –gritaba Letty–. ¿Por qué se llevará Marta lo mejor sólo por ser la más pequeña? ¡Pues yo me casaré con un príncipe, hala!

A lo que Marta contestaba que ella acabaría siendo asquerosamente rica sin tener que casarse con nadie.
Entonces Sofía tenía que separarlas y remendar sus ropas. Era muy diestra con la aguja. Con el tiempo, acabó haciendo la ropa para sus hermanas. Una vez hizo un vestido rosa oscuro para Letty, el Primero de Mayo en que comenzó esta historia, y Fanny dijo que parecía haber salido de la tienda más cara de Kingsbury, la capital.
Por aquel tiempo, todo el mundo empezó a hablar sobre la Bruja del Páramo otra vez. Decían que había amenazado al rey con matar a su hija, y que el rey había enviado al hechicero real –el Mago Súliman– al páramo, para que se ocupara del problema. Y, aparentemente, el Mago Súliman no sólo había fracasado al hacer frente a la Bruja: la Bruja había acabado con él.
Así que cuando, unos meses más tarde, la silueta de un castillo alto y negro apareció repentinamente en las colinas que se erguían sobre Mercado Desportillado, nubecillas de humo oscuro saliendo de sus cuatro delgadas torrecillas, todos pensaron que la Bruja había salido del Páramo para aterrorizar el país, al igual que hacía cincuenta años. La gente se asustó mucho. Nadie salía solo a la calle, especialmente de noche. Lo que hacía todo esto aún más espeluznante era que el castillo no se quedaba siempre en el mismo lugar. A veces era una delgada mancha negra en el Páramo, al noroeste, otras veces se alzaba sobre las rocas del este, o incluso se deslizaba cuesta abajo para sentarse en los brezales, quizá demasiado cerca de las granjas del norte. Incluso era posible verlo moviéndose, con volutas de humo de un color gris sucio saliendo de las torretas. Durante un tiempo, todo el mundo estuvo seguro de que, antes o después, el castillo acabaría entrando en el valle para asaltar el pueblo, y el alcalde mencionó algo sobre pedir ayuda al rey.
Pero el castillo continuó vagando por las colinas, y los habitantes de Mercado Desportillado averiguaron que el castillo no pertenecía a la Bruja del Páramo, sino al Mago Howl. Éste ya era lo bastante malo. Aunque no parecía querer abandonar las colinas, algunos rumoreaban que se distraía coleccionando muchachas jóvenes y absorbiendo sus almas… aunque otros decían que, en realidad, se comía sus corazones. Todos estaban, sin embargo, de acuerdo en que se trataba de un mago cruel y despiadado que no tenía corazón, y que ninguna joven guapa estaba a salvo de él si, cuando nadie las pudiera proteger, se lo encontraban. Se dijo a Sofía, Letty y Marta –y a todas las demás chicas de Mercado Desportillado– que nunca salieran solas a la calle, cosa que les resultaba muy irritante. Se preguntaron qué uso había encontrado Howl a las almas que coleccionaba.
Pero pronto tuvieron otras cosas en que ocuparse, pues el señor Hatter murió repentinamente justo cuando Sofía terminó los estudios. Entonces todos supieron que había estado demasiado orgulloso de sus hijas. Las matrículas de la escuela que había estado pagando dejaron a la sombrerería unas grandes deudas que pagar. Cuando el funeral terminó, Fanny se sentó en el salón de la casa vecina a la sombrerería, y explicó a sus hijas la situación.

—Me temo que vais a tener que dejar la escuela –dijo–. He estado haciendo cálculos y, sin importar por dónde agarre las cuentas, la única forma que veo de conseguir que el negocio se mantenga y de cuidar de vosotras es conseguiros una plaza como aprendizas en algún sitio. No es práctico teneros a las tres en la tienda. No podríamos permitírnoslo. De modo que he tomado una decisión. Letty primero…

Letty alzó la mirada, y ni siquiera la tristeza y las ropas fúnebres podían ocultar su belleza.

—Quiero seguir aprendiendo –dijo.

—Y eso harás, cariño –contestó Fanny–. He encontrado un puesto para ti en Cesari’s, la pastelería en la Plaza del Mercado. Son famosos por tratar a sus aprendices como a reyes. Serás feliz allí, y aprenderás un oficio interesante y útil. La señora Cesari es una buena clienta, y una gran amiga mía, y me ha ofrecido aceptarte allí, como un favor.

Letty sonrió de una manera que demostraba que la idea no le gustaba nada.

—Bueno, gracias –dijo–. ¿No es una suerte que me guste tanto cocinar?

Fanny parecía aliviada. A veces, Letty podía ser realmente cabezota.

—Ahora Marta –contestó–. Ya sé que eres demasiado joven para trabajar, así que he pensado sobre algún modo de darte un aprendizaje largo y que te resulte útil, sin importar a qué te dediques una vez termines. ¿Recuerdas a mi vieja amiga de la escuela, Annabel Fairfax?

Marta, que era esbelta y muy guapa, fijó sus ojos grises en Fanny, con una mirada tan determinada como Lettie.

—Sí, la recuerdo… era ésa que hablaba un montón. ¿No es una bruja?

—Sí, una bruja, ¡con una casa preciosa y clientes por todo el Valle Plegado! –replicó Fanny con entusiasmo–. Es una buena mujer, Marta. Te enseñará todo lo que sabe y te presentará a gente influyente de Kingsbury. Estarás preparada para todo cuando termines tu formación allí.

—Es una persona agradable… --concedió Marta–. Vale, de acuerdo.

A Sofía le pareció que Fanny lo había preparado todo muy bien. Ya que Letty, al ser la segunda, tampoco tenía muchas posibilidades de llegar a mucho, Fanny la había situado donde podría encontrar un aprendiz joven y guapo y vivir feliz para siempre. Marta, que iba a salir y buscar fortuna, contaría con la ayuda de amigos ricos y magia. En cuanto a ella misma, Sofía no tenía dudas sobre lo que se le avecinaba. De modo que no se sorprendió cuando Fanny le dijo:

—Sofía, querida, lo que parece justo y adecuado es que heredes la sombrerería cuando yo me retire, ya que eres la mayor. De modo que yo misma te tomaré como aprendiz, para que aprendas el oficio como es debido. ¿Qué te parece?

Sofía no podía, de ninguna manera, decir que se sentía obligada a ello. Dio las gracias a Fanny con fervor.

—¡Pues todo arreglado! –dijo Fanny.

Al día siguiente, Sofía ayudó a Marta a guardar su ropa en una maleta, y la mañana siguiente la vieron marcharse en la carreta del transportista, con una pequeña sonrisa nerviosa. Era comprensible que estuviera asustada, porque el camino a Plegado Alto, donde la señora Fairfax vivía, empezaba más allá de las colinas por las que vagaba el castillo errante del Mago Howl.

—Oh, estará bien –dijo Letty.

Letty rechazó cualquier tipo de ayuda con el equipaje. Cuando la carreta del transportista se perdió de vista, metió todas sus posesiones en una gran funda de almohada, y pagó seis peniques al criado del vecino para que lo llevara todo en una carretilla a Cesari’s, en la Plaza del Mercado. Letty caminó detrás de la carretilla con una expresión mucho más alegre de lo que Sofía había esperado. De hecho, parecía alegrarse de no tener nada más que ver con la sombrerería.
El criado, al volver, trajo una nota garabateada de Letty, diciendo que había ordenado sus cosas en el dormitorio de las chicas, y que parecía que trabajar en Cesari’s iba a ser divertido. Y el transportista de la carreta, al regresar una semana más tarde, trajo una carta de Marta, que decía que ella había llegado sin incidentes y que la señora Fairfax era «una señora encantadora y utiliza miel para todo. Tiene colmenas, y le encantan las abejas». Y esto fue todo lo que Sofía supo sobre sus hermanas durante bastante tiempo, porque ella comenzó a trabajar el mismo día en que sus hermanas se fueron.
Sofía, claro, ya conocía el oficio de los sombreros bastante bien. Desde que era una niña pequeña había corrido afuera y adentro del taller al otro lado del patio, en el que los sombreros eran moldeados y se fabricaban las flores, frutas, y otros adornos con cera y tela. Conocía a los trabajadores; la mayoría de ellos ya estaba allí cuando su padre era un niño. Conocía a Bessy, la única dependienta que quedaba. Conocía a los clientes más frecuentes, y al conductor del carro que traía los simples sombreros de paja que habían de ser moldeados en el taller. Conocía a los otros proveedores, y sabía cómo fabricar fieltro para los sombreros de invierno. No parecía que Fanny fuese a poder enseñarle nada más… excepto, quizás, cómo conseguir que un cliente comprara un sombrero.

—Tú siempre les enseñas el sombrero ideal desde el principio, cariño –le dijo Fanny–. Pero lo que tienes que hacer es enseñarles primero los que no les sienten bien, para que noten la diferencia en cuanto se pongan el apropiado.

De todas formas, Sofía no trabajaba mucho en el mostrador. Después de un par de días observando el trabajo del taller, y otro día paseando por las tiendas de los mercaderes de seda con Fanny, ésta la puso a adornar sombreros. Sofía se sentaba en una pequeña alcoba tras la tienda, y cosía rosas de tela en los bonetes, y velos a gorros de terciopelo, forrándolos con seda por dentro y colocando frutas de cera y cintas alrededor para que quedaran más elegantes. Se le daba bien. Incluso disfrutaba un poquito haciéndolo. Pero se sentía aislada, y algo aburrida. La gente del taller era demasiado mayor como para ser divertida; además, la trataban como a alguien que estaba allí y que heredaría el negocio algún día. Bessy la trataba de la misma manera. De todas maneras, lo único sobre lo que hablaba era sobre el granjero con el que se iba a casar el próximo Primero de Mayo. Sofía envidiaba un poco a Fanny, que podía largarse a comerciar con los mercaderes de seda cuando quería.
Lo más interesante eran las conversaciones de los clientes. Nadie podía comprar un sombrero sin cotillear. Sofía se sentaba en su alcoba y cosía, y así se enteró de que el alcalde nunca comía verduras, y que el castillo del mago Howl volvía a rondar por las colinas, la verdad es que ese hombre, cuchicheo, susurro, cuchicheo… Las voces siempre bajaban de volumen cuando hablaban sobre el mago Howl, pero Sofía se enteró de que había atrapado una chica en Plegado Bajo el mes pasado. «¡Barba Azul!» dijeron los susurros, y se convirtieron en voces de nuevo, para decir que Jane Farrier tenía un peinado penoso. Ella sí que no podría atraer al mago Howl, ni a ningún hombre decente. Entonces hubo un cuchicheo asustado sobre la Bruja del Páramo. Sofía empezaba a pensar que el mago Howl y la Bruja deberían juntarse.

—Parecen hechos el uno para el otro. Alguien debería organizarles una cita –comentó al gorro que estaba adornando en aquel momento.

Pero, al final del mes, todo el cotilleo en la tienda parecía ser sobre Letty. Al parecer, Cesari’s estaba llena de caballeros, que compraban montones de tartas y pasteles, confiando en ser servidos por Letty. Ya había escuchado diez declaraciones de amor y propuestas de matrimonio, cuya calidad variaba desde el hijo del alcalde hasta el chico que barría las aceras, y las había rechazado todas, diciendo que era demasiado joven como para decidir algo así.

—Eso es lo que yo llamo ser razonable –dijo al sombrero que estaba llenando de pliegues de seda.

Fanny se alegró al oír estas noticias.

—¡Sabía que estaría bien allí! –dijo alegremente.

A Sofía se le ocurrió que Fanny se alegraba de que Letty ya no estuviera por allí.

—Letty era mala para la clientela –comentó a un bonete, cosiéndole más y más seda de color champiñón–. Ella podría hacer que incluso tú parecieras atractivo, montón de tela. Otras mujeres ven a Letty y se desesperan.

Sofía hablaba a los sombreros cada vez más y más, a medida que pasaban las semanas. Y es que no había prácticamente nadie más con quien hablar. Fanny estaba por ahí fuera, buscando clientes o negociando con mercaderes, y Bessy estaba demasiado ocupada con los clientes, y contando a todo el mundo cómo iba a ser su boda. Al final, Sofía adquirió el hábito de colocar cada sombrero, tras terminarlo, en su soporte, que tomaba el aspecto de una cabeza sin cuerpo, y se quedaba mirándolo, mientras le decía cómo sería el cuerpo que, algún día, tendría debajo. A veces halagaba a los sombreros, porque es bueno halagar a los clientes.

—Tienes un atractivo misterioso y fascinante –dijo a un bonete que estaba lleno de velos centelleantes–. Y tú –dijo a un sombrero grande, de color crema, con rosas en el ala–, ¡tú te casarás con alguien rico! Estoy segura. Y tú… eres tan joven y fresca como una hoja en primavera –animó a un gorro de color verde oruga con una pluma larga y ondulada.

Dijo a los bonetes rosas que tenían unos hoyuelos encantadores, y a los gorros más elegantes, que eran ingeniosos.

—Tú tienes un corazón de oro, y alguien importante te verá y se enamorará de ti –contó al bonete de color champiñón.

Le dijo esto porque le daba pena ese sombrero en particular. Tenía un aspecto poco atractivo y bastante aparatoso.
Al día siguiente, Jane Farrier entró en la tienda y lo compró. «Ese pelo tiene un aspecto algo extraño», pensó Sofía, observándola desde la alcoba. Y en verdad parecía que se hubiera hecho un moño utilizando atizadores. Parecía una pena que hubiera escogido ese bonete en particular. Pero todo el mundo parecía estar comprando sombreros por entonces. Quizá fuera a causa de Fanny, o simplemente porque era primavera, pero el negocio de los sombreros estaba en pleno apogeo.

—Quizá no debería haberme apresurado tanto en enviar a Marta y Letty fuera –comenzó a decir Fanny, que se sentía algo culpable–. Con estas ventas, nos las podríamos haber arreglado.

A medida que Abril terminaba y se acercaba el Primero de Mayo, había tantos clientes que Sofía tuvo que ponerse un recatado vestido gris y ayudar en la tienda. Pero la demanda era tan alta que no podía coser sombreros y atender a los clientes a la vez, y cada tarde tenía que llevárselos a su casa, que era la que estaba al lado de la sombrerería, lugar en el que trabajaba con un candil hasta más de medianoche, para que hubiera sombreros que vender al día siguiente. Mucha gente quería comprar gorros de color verde oruga como el que llevaba la mujer del alcalde, y también bonetes rosas. Hasta que, unos pocos días antes del Primero de Mayo, alguien entró y pidió un bonete de color champiñón, igual que el que Jane Farrier llevaba puesto cuando se fugó con el conde de Cátera.
Aquella noche, mientras cosía, Sofía admitió que su vida era bastante aburrida. En lugar de hablar a los sombreros, se los probó uno por uno a medida que los terminaba, y se miró en el espejo. Fue un error. El viejo vestido gris no le quedaba nada bien, especialmente porque sus ojos estaban rojos por estar despierta tan tarde, y ya que su pelo era de un color rojizo parecido a la paja, no le quedaba bien el verde oruga ni el rosa. El de color champiñón le daba un aspecto extremadamente aburrido.

—¡Parezco una vieja criada! –exclamó.

No es que quisiera darse a la fuga con condes, como Jane Farrier, o que la mitad del pueblo la persiguiera proponiéndole matrimonio, como a Letty. Pero quería hacer algo, aunque no estaba muy segura de qué, que fuera más interesante que simplemente coser sombreros. Decidió que, al día siguiente, intentaría tomarse unas horas libres e ir a hablar con Letty.
Pero no fue. O bien no tenía tiempo, o le faltaba energía, o le parecía que la Plaza del Mercado quedaba muy lejos, o recordaba que era peligroso ir por la calle sola a causa del mago Howl… día tras día, parecía cada vez más difícil ir a ver a su hermana. Era bastante raro. Sofía siempre había pensado que podía ser casi tan cabezota como Letty. Ahora se estaba dando cuenta de que había cosas que sólo hacía cuando no le quedaban excusas.

—¡Esto es absurdo! –dijo Sofía–. ¡Sólo hay dos calles entre esta tienda y la Plaza del Mercado! ¡Si corro… !

Y se prometió que iría a Cesari’s cuando la sombrerería cerrara, en el Primero de Mayo.
Mientras tanto, en la tienda comenzó a oírse un nuevo cotilleo. Según decían, el rey se había peleado con su propio hermano, el príncipe Justin, y el príncipe se había exiliado. Nadie conocía la razón de la disputa; pero, hacía un par de meses, el príncipe Justin había venido disfrazado a Mercado Desportillado, y nadie se había dado cuenta. El rey había enviado al conde de Cátera para que lo buscara, pero se había topado con Jane Farrier en su lugar. Después de oír todo esto, Sofía se entristeció. Estaban pasando muchas cosas interesantes, pero siempre a otras personas.
Llegó el Primero de Mayo. La juerga llenó las calles desde el amanecer. Fanny salió temprano, pero Sofía tuvo que terminar un par de sombreros primero. Cantó mientras trabajaba. A fin de cuentas, Letty también estaba trabajando. Incluso en vacaciones, Cesari’s estaba abierto hasta medianoche.

—Creo que compraré una de sus tartas de nata –decidió Sofía–. No he comido una en años.

Observó a la multitud pasar por la ventana; gente en trajes de todos los colores, vendedores de recuerdos, equilibristas llevando zancos… estaba realmente excitada.
Pero cuando, por fin, se echó un chal gris sobre los hombros y salió a la calle, Sofía ya no estaba tan impaciente. Estaba abrumada. Había demasiada gente corriendo, gritando, riendo, dando codazos, había demasiado ruido. Sofía se sintió como si aquellos últimos meses que había pasado sentada y cosiendo hubieran la hubieran convertido en una anciana o en una inválida. Se envolvió más en su chal, y siguió caminando cerca de las casas, intentando evitar ser pisoteada por aquel montón de zapatos nuevos, o golpeada por todos aquellos codos finamente vestidos en largas mangas de seda que llegaban hasta el suelo. Cuando, de repente, se oyó una ráfaga de explosiones en algún punto sobre su cabeza, Sofía pensó que se iba a desmayar. Miró hacia arriba y vio el castillo de Howl en la ladera que se encontraba pegada al pueblo, tan cerca que parecía estar posado en las chimeneas. Llamaradas azules salían de sus cuatro torres, convirtiéndose en bolas de fuego que se elevaban y explotaban en el cielo, haciendo un ruido espantoso. El mago Howl parecía estar ofendido por la alegría de aquel Primero de Mayo. O simplemente intentaba tomar parte en él, a su manera. Sofía estaba demasiado aterrorizada como para preocuparse. Con mucho gusto habría dado media vuelta, pero ya había recorrido la mitad del camino hasta Cesari’s. Así que echó a correr.

—¿Qué me hizo pensar que quería que la vida fuera más interesante? –se preguntó mientras corría–. ¡Estaría demasiado asustada! Esto me pasa por ser la mayor.

Fue aún peor cuando llegó a la Plaza del Mercado. Casi todas las posadas estaban allí. Una multitud de hombres jóvenes se pavoneaban alegremente por la calle, arrastrando sus capas y largas mangas y calzando botas con hebillas que ni en sueños llevarían en un día normal, haciendo comentarios a voz en grito e intentando abordar a alguna chica. Ellas paseaban en parejas, esperando a que algún chico les dirigiera la palabra. Era muy normal en un Primero de Mayo, pero también asustaba a Sofía. Y cuando un joven vestido en un fantástico traje plateado y azul se fijó en ella y decidió abordarla también, Sofía se metió en el umbral de la puerta de una tienda e intentó esconderse.
El hombre la miró, sorprendido.

—Está bien, pequeño ratón gris –le dijo, con una sonrisa compasiva–. Sólo quiero invitarte a un café. No te asustes.

Aquella mirada compasiva hizo que Sofía se sintiera totalmente avergonzada. Él era increíblemente apuesto, con una cara angulosa y sofisticada –era bastante mayor, tenía más de veinte– y un pelo rubio precioso. Sus mangas eran más largas que las de todos los demás jóvenes en la plaza, con los bordes festoneados y entredoses plateados.

—Oh, no, señor, pe-pero gracias –tartamudeó Sofía–. Yo so-sólo voy a visitar a mi hermana.

—¡Entonces hazlo, por supuesto! –rió el joven–. ¿Quién soy yo para alejar a tan hermosa muchacha de su hermana? ¿Te gustaría ir conmigo, ya que estás tan asustada?

Lo dijo con amabilidad, lo que hizo que Sofía se sintiera más vergüenza que nunca.

—No. No, gracias, señor… –musitó, y salió corriendo.

Él llevaba perfume. El olor a jacintos la persiguió mientras corría. «¡Qué persona tan cortés!» pensó, mientras intentaba atravesar las pequeñas mesas dispuestas fuera de Cesari’s, todas ellas ocupadas. Y en el interior había aún más gente y ruido que en la plaza.
Sofía localizó a Letty entre la fila de dependientes que había en el mostrador gracias al grupo de jóvenes granjeros que apoyaban sus codos en él y le gritaban piropos. Letty, más guapa que nunca, y puede que un poco más delgada, estaba introduciendo tartas en bolsas de papel tan rápido como le era posible, dando un diestro giro a cada bolsa y mirando por debajo de su codo con una sonrisa y una respuesta por cada bolsa que recolocaba. Se oían risas or todas partes. Sofía tuvo que abrirse camino, costosamente, hasta el mostrador.
Letty la vio. Pareció conmocionada por un instante; entonces sus ojos se agrandaron y su sonrisa se hizo aún más amplia, y gritó:

—¡Sofía!

—¡¿Puedo hablar contigo en algún otro sitio?! –gritó Sofía, impotente, mientras un gran codo la empujaba hacia atrás.

—¡Sólo un momento! –le gritó Letty.

Se volvió y susurró algo a la chica que estaba cerca de ella. Ésta asintió y esbozó una sonrisa, y ocupó el lugar de Letty.

—Tendréis que hablar conmigo, chicos –dijo a la multitud–. ¿Quién es el próximo?

—¡Pero quiero hablar contigo, Letty! –gritó uno de los granjeros.

—¡Pues habla con ella! –dijo Letty–. Yo tengo que hablar con mi hermana.

A la gente no le importaba mucho. Empujaron a Sofía hasta el final del mostrador, donde Letty alzó una solapa y la agitó para llamar la atención, y le dijeron que no se quedara hablando con Letty todo el día. Cuando Sofía llegó hasta donde estaba Letty, ésta la agarró por la muñeca y la arrastró hasta la trasera de la tienda, una habitación cuyas paredes estaban cubiertas por estante tras estante, cada uno lleno con filas de tartas. Letty sacó dos taburetes de algún sitio.

—Siéntate –dijo.

Se quedó mirando distraídamente el estante más cercano, y tomó una tarta de nata que dio a Sofía.

—Vas a necesitar esto –dijo.

Sofía tomó asiento, oliendo el delicioso aroma de la tarta y sintiéndose algo llorosa.

—¡Oh, Letty! –dijo–. ¡Me alegro tanto de verte!

—Sí, y yo me alegro de que estés sentada –contestó–. Verás, no soy Letty. Soy Marta.
~ · ~
FIN del primer capítulo.
¡Gracias a todos!